sábado, 23 de abril de 2016

El último sofisma liberticida

De ayer mismo, por lo cual será antepenúltimo. Literal o casi literalmente dice: «La información es un derecho imprescindible que no puede estar sometido a intereses particulares.» Ahora bien, son los particulares los que precisamente tienen derechos, y, por supuesto, tienen intereses, legítimos intereses, que, por cierto, no son otros que los intereses públicos, ya que lo público no es sino la suma de los particulares.

En este tipo de argumentos, lanzados demagógicamente y a matar contra la poca prensa que aún se opone algo a la feroz marea totalitaria que nos amenaza, y que no aplaude con entusiasmo o asiente callada y genuflexa, late la filosofía del viejo Hegel —al que Marx le debe casi todo—, quien decía aquello de que el Estado es la realidad de la Idea moral. Del viejo genio al servicio del Estado prusiano a estos ignaros desarrapados voluntarios con attrezzo de Alcampo han cambiado muchas cosas y se han degradado todas, a excepción de la carcundia.

«Nada fuera del Estado», insistía Mussolini; nada, por tanto, que se oponga a lo estatalizado (falazmente llamado «público») es verdad ni es decente, es más, debe ser rápidamente extirpado por peligroso: he ahí el orwelliano Ministerio de la Verdad; he aquí la no menos orwelliana y vigente web de la verdad carmenita.

Cuando sean aupados a detentar todos los resortes del monstruoso aparato estatal, estos carcundas disfrazados de extrarradio tendrán el monopolio del Bien y de la Verdad, incluso —horresco referens— de la Belleza.