jueves, 24 de septiembre de 2015

Travesía

Navegar solo. No se requiere de más compañía. Saludar, al cruzarse, a otros navegantes solitarios, incluso a los navíos de alto bordo, si es que a ello se avienen. Vueltas y vueltas. Continua singladura. Se acabará el mundo pero no la soledad. ¿Dónde por fin la Hesperia última? La soledad me baste. Vueltas y más vueltas. Navíos de alto bordo que se cruzan, ajenos y altaneros, atentos a sus fiestas de guirnaldas y luces y estallidos de corcho, o a la cerrada gravedad de su importante cargamento. Y más, más navegantes solitarios, que abren el mar a ras de mar, a la altura de ballenas y delfines, abriendo humildes surcos espumosos en la piel acerada del abismo. No pensar en que es abismo. Ingastable cantera de desesperación. Inagotable mina de frialdad y asfixia, en cuyo seno inconcebible aguarda el apretón supremo de la nada. La soledad me basta.

3 comentarios:

  1. Hubo un día que anduve por la tierra sin nadie, escribió una vez Gamoneda. De hecho, todos los días andamos por todas las tierras, sin nadie. Pero sí se puede pensar en que es abismo, sentir la atracción del abismo.
    Abrazos, siempre

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El abismo no es sólo el mar, también la tierra cuando no acoge ni sostiene, sino que deviene inhóspita. Y también atrae, por supuesto, pero no es nuestro lugar...

      Un abrazo, amigo Amando

      Eliminar
  2. Leí hace poco en un libro que solo saben estar y vivir solos los sabios. Y yo también lo creo así.

    Antonio, saludos.

    ResponderEliminar