miércoles, 1 de octubre de 2014

Tò kalón

¿Y qué es por fin la belleza? Al igual que el ser o el bien, es una de esas cosas que todos conocemos, que todos inmediatamente reconocemos, que todos incluso perseguimos, pero cuya definición satisfactoria parece poco menos que inasequible. Pero ¿es que es una cosa la belleza? ¿Son las cosas bellas la belleza, o bien la belleza es trascendente y proviene de un más allá ignoto? ¿O proviene de nosotros mismos? La belleza se nos escurre entre los dedos, aun así todos la seguimos persiguiendo, hasta con desesperación algunos; muchos seres humanos han gastado su vida en esa búsqueda. La puso Dios en el mundo para ser robada, nos recordó Ortega: la intenta robar el artista, la intenta disfrutar —robar a su modo— el que goza la obra de arte. Pero otras veces (las más afortunadas) es la belleza la que nos roba y arrebata hacia una de las mayores experiencias de la vida. Por otro lado, la belleza no está sólo —ni siquiera primero— en el arte... está en la naturaleza. ¿Está también en el alma? Y, después de todo, ¿para qué queremos la belleza? ¿La amamos tanto como se dice? ¿Merece tanto la pena? ¿Es usable como un sofá o un automóvil? ¿Se disfruta como un helado de fresa? El arte produce belleza, ¿la produce igual que se producen alcachofas o tijeras o detergente? Todo arte carece de utilidad, sentenció Wilde. ¿Preferiríamos una batidora a la Venus de Milo? La belleza, como el bien, parece estar en todas partes y en ninguna, incluso en las batidoras. Y, al igual que el bien, la buscamos aun sin darnos cuenta. ¿Qué valor tendría el mundo sin ella?

4 comentarios:

  1. Precisamente hoy he puesto a mis alumnas en la siguiente tesitura: ser muy buenas pero feas o ser muy bellas pero malas. Adivina la respuesta.

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  2. ¡Vaya preguntita, Jesús! ¡Pues bella y malísima como la Angelina Jolie!

    Antes se quedaba bien diciendo (aun con la boca pequeña) que lo importante era la belleza interior... Al menos se ha perdido en hipocresía.

    Abrazos.

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  3. La belleza nos alimenta con su trampa y con la mueca amable del trompe d’oeil nos acompaña por los senderos más sugestivos y nos conduce por los caminos más graciosos hasta el borde del acantilado donde un castillo asoma sobre el mar embravecido.

    Así nos advirtió Rilke desde su castillo de Duino:
    ... "Pues la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos".

    En los diversos periodos de la Historia del Arte, las almas sensibles de los artistas, con sus obras, nos han mostrado diferentes aspectos de la belleza, sólo fragmentos de ella.

    Pedacitos dispersos de la belleza que los artistas nos permiten cazar al vuelo como si fueran estorninos que vuelan en círculo sobre nuestras cabezas, pero jamás intentemos recoger los fragmentos del suelo y recomponer el rompecabezas.

    Los románticos confiaron en la belleza, igual que en el amor, como ideal de redención del hombre, pero ya se sabe los ideales humanos suelen fracasar y mucho me temo que tanto el amor como la belleza estén tocados de muerte.

    Un abrazo.

    Francesc Cornadó

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  4. Coincido con tu excelente exposición, Francesc. Especialmente sutil es esa alegoría del camino que nos lleva desde lo más leve y «gracioso» de la belleza a su fondo más tremendo. Porque lo es, y por eso la tan citada cita de Rilke es inevitable volverla a citar cuando se quiere tener una idea completa de lo bello. En cuanto a lo último, es verdad que, en nuestra era del nihilismo, amor, belleza, justicia y verdad están tocados de muerte. Sin embargo, da que pensar que la belleza aún se mantenga en pie. Por suerte.

    Un abrazo.

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