viernes, 3 de octubre de 2014

Los pro-muerte

Llamar a las cosas por su nombre es una nota de elemental decencia: para con uno mismo y para con los demás; con respecto a éstos constituye al menos una mínima cortesía. La veracidad es la salud del lenguaje. Quienes no la practican, quienes tergiversan, quienes retuercen torticeramente, incurren en un atentado no sólo de lesa lógica.

Leo en el blog de un ahora prestigiosillo cantomatinal una entrada en la que se refiere a «los mal llamados pro-vida». No hace falta explicar de qué va el caso. Vamos a ver, caballerete, si Vd. está de acuerdo con que a un nonato que sonríe, duerme, da pataditas, tiene uñas, se chupa el dedo y tiene sus extremidades y órganos ya formados, se le clave una aguja en el corazón para inyectarle una solución mortal, y con que, una vez muerto (después de una experiencia no precisamente agradable, pues la criatura, por supuesto, ya siente), se le trocee con una sierra como a un pollo para poder sacarlo en cómodos trocitos, ¿espera que sea a Vd. a quien llamen pro-vida? ¿Es que hemos perdido ya toda humanidad, toda sensatez, todo juicio, todo contacto moral con la realidad?

Evidentemente. Y ya es imposible pedir a estas alturas una elemental decencia, un elemental conocerse (y reconocerse) a sí mismos, a unos aburguesados enfermos de ideología narcisista y sectaria. Sí, aburguesados, en el mismo mal sentido en el que aplican a otros esa misma palabra: acomodados, autosatisfechos, superiores, aborregados, de límpidas conciencias. Séase pro-muerte —mal está— pero séase sincero, y no se nos time con trilerismos semánticos. ¿Es mucho pedirles que imiten a aquel descerebrado o desquiciado o simple amante de la sangre, que gritaba aquel horrendo «¡Viva la muerte!»? Al menos él no engañaba a nadie. Pero sí, definitivamente, es mucho pedirles valor y coherencia a quienes son tan miserables como para defender un crimen tan horrible contra una criatura absolutamente indefensa e inocente.

Y no me vengan con la sobada milonga estilo la muerte es vida y la vida es muerte; no me vengan con que eliminar el «problema» es vida para una mujer sometida a la tremenda, intolerable, inaudita desgracia de tener que responsabilizarse de un hijo, cuando ella misma puso los medios para tenerlo; menos aún me vengan con que la libertad de cada uno incluye el arbitrio de matar a los propios engendros, porque toda libertad absoluta, que no respeta al otro, degenera en la pura violencia, en este caso, en la más cobarde y vil especie de violencia. ¡Váyanse al infierno los pro-muerte y su pestilente aparato de moralina infumable!

¡Y que haya que aguantar sus pretendidos aires de superioridad y progresismo! No, los inmorales no nos han igualao, como decía el famoso tango, en el siglo XXI nos ha superao.

2 comentarios:

  1. Ya tengo un argumento más cuando me echan en cara que no soy pro-vida, sino solo antiabortista. Les diré que son pro-muerte del nasciturus no querido.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es que son los que llevan la iniciativa y marcan la pauta porque argumentan «a favor de obra», y los vientos ideológicos (en el peor sentido marxiano) sopan hacia allí. Yo pediría una detención para apreciar realmente las cosas que pasan (¡y qué cosas!), y que luego cada uno siga a su conciencia, pero ese viento no deja a nadie detenerse: yo dudaría de que alguno no previamente convencido, o al menos dudoso, se detuviera a atender sin prejuicios argumentos del estilo de los que he expuesto. Es triste.

      Un abrazo.

      Eliminar