viernes, 10 de octubre de 2014

Esto es prosa

«Volviendo de Alemania potente hacia España, lugar de pasiones omnímodas, he hecho el alto acostumbrado en Francia, la bien labrada. Y de Francia en París, un nudo de luz.  Y he tenido un momento de lealtad conmigo mismo, y me he preguntado: ¿qué iría yo a ver en medio de esta pródiga luminosidad? París es todo luz. ¿No es esto fatal? Porque yo quisiera ver algo, llevarme al hondón de España una poderosa intuición. Pero no habiendo sino luz en París, no hay nada que ver.

Yo camino, hace años, Europa, como en tiempos remotos mi antepasado Ibn Batuta, que salió de Andalucía con su bastón de viandante y fue por el mundo en busca de los santos de la tierra. Pero un malhadado destino me ha hecho nacer en sazón que Europa se halla horra de santos y llevo a la rastra por las rúas y las calzadas mi bisaco henchido de capacidad de adoración que no he conseguido gastar. En París tampoco hay santos, pour le moment. Al atravesar en un "taxi-auto" la gran ciudad, me ha parecido que atravesaba la mediocridad áurea de que hablaba Horacio.

París se ha convertido en una leyenda desteñida: bajo ella —¿quién lo duda?— prepara la sangre francesa nuevos fermentos, cuyas emanaciones volverán un día a operar sobre la costra del globo. Pero, entretanto, nosotros necesitamos afirmaciones ascendentes.

Y algo así he ido a encontrar —¿quién lo diría?— en casa de un español que habita en París seis meses del año. Este español es Zuloaga.»

José Ortega y Gasset,
principio del artículo «Una visita a Zuloaga»,
publicado en La prensa de Buenos Aires el 4 de febrero de 1912

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