domingo, 12 de octubre de 2014

España

Hoy hay que reclamar la indignación, y hacerlo a voz en grito, a boca llena. Es la indignación un odio súbito, que sólo se moviliza donde aún pervive algo de fibra moral, una mínima carnalidad del ideal que da en clamar por la justicia. Puede, empero, preguntarse: ¿Más odio aún? ¿Más aún en una sociedad saturada de mensajes venenosos, de recalcitrantes sectarismos, de victimismos furibundos e imposibles, de devolución de golpes por aquellos a quienes la vida nunca ha golpeado, de manos manchadas de sangre que brindan sin manchar las copas, de justicieros salvapatrias con coleta, que sí saben su doctrina, ávidos de echar mano a la mordaza —y a la pistola—? Obviamente no es ése. Obviamente no es ése el odio ni ésa la ira ni ésa la cólera, sino la que despierta al fin de tanta mansedumbre, de tanta ovinidad, de tanta consideración mal entendida. Y obviamente no es tampoco la que se echa en brazos del primer demagogo sin escrúpulos que promete el súbito cielo en la tierra. La indignación ha de ser contra todo, para que todo dé un vuelco. Ya no existen atajos. Ya el mal ha llegado demasiado lejos. Sólo un esfuerzo de titanes, unida a la suerte de Lázaro, podría salvarnos. Es ésta una nación empozoñada, enferma, decadente, parasitada por una oligarquía corrupta, inerme en lo intelectual y exangüe en lo moral. No se lo perdono. A ninguno de ellos. Les conocemos nombres y apellidos. No se lo perdonemos porque es inmoral perdonárselo: a los que lo hicieron y a los que dejaron hacer. No se nos olvide ni un sólo día de lo que nos quede de vida. A España la han matado. A España nos han matado. O casi. Pero de quedar algún atisbo de esperanza, no bastará el amor si no es junto a la más viva de las indignaciones para mantenernos aún despiertos. Sólo la cólera y el pundonor —y, pese a tanta rabia, una mente fría como el hielo— puede mantenernos vivos en la esperanza. Como el que ha recibido un golpe tremendo en la cabeza, nuestro sueño es la muerte. Empero, viendo y oyendo y leyendo a tantos melanomíticos neuronalmente inanes, a tantos sediciosos sectarios cuya vida está hecha de la sustancia de la mentira, a tantos hipócritas, a tantos cobardes, a tantos ceporros piji-prisaicos, y, para acabar con el cuadro, a tanto, a tantísimo listillo, ¿de verdad quiero que resucite?, ¿de verdad merecen que resucite?

2 comentarios:

  1. Antonio, no te me envenenes. No hay que perdonar a nadie, solo hay que meterlos en la cárcel. El problema es saber dónde están estos ladrones.

    Ya sabes "Tengo la tarjeta negra porque negra tengo el alma".

    Un beso

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    1. Vale, mejor tomárselo con humor. Pero la procesión no dejará de ir por dentro. Y no es sólo cuestión de latrocinio, si así fuese, se podría cortar por lo sano. Lo malo es que la putrefacción lo llena todo. Estos ladrones no nos han robado sólo dinero...

      Besos y gracias por el sentido del humor.

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