viernes, 24 de octubre de 2014

Soneto de trece

EL POETA ABJURA DE LA VENERABLE Y
ANTIGUA FILOSOFÍA QUE SE CIFRA EN GASTAR
LA VIDA ENTERA EN APRENDER A MORIR

¿Aprender a morir? Vivir pretendo,
     porque tanto morir me tiene frito.
     Deserto de la armada en que milito
     ha tantos años. ¡Basta ya! Me tiendo
sobre el suelo sin más. En paz entiendo,
     en respirar sin miedo al infinito
     tráfago de tragedias. Necesito
     desnudarme de horrores. Mi alma vendo
por un trozo de tierra sin preguntas
     ni respuestas, por aire no viciado
     y un manojo de sol. Tres cosas. Juntas
recolman mi ambición. ¡Pluguiere al Hado!,
     que de tanto reinar estoy quemado.

viernes, 17 de octubre de 2014

jueves, 16 de octubre de 2014

miércoles, 15 de octubre de 2014

La belleza y la nada

Que aún se perciba, se experimente la belleza —y con tanta intensidad en ocasiones— en estos tiempos del nihilismo, aún nos da un poco de esperanza. La belleza, fiel heraldo resplandeciente del ser, parecía totalmente en retirada. Sin embargo, ¿será posible la salvación, después de todo?

domingo, 12 de octubre de 2014

España

Hoy hay que reclamar la indignación, y hacerlo a voz en grito, a boca llena. Es la indignación un odio súbito, que sólo se moviliza donde aún pervive algo de fibra moral, una mínima carnalidad del ideal que da en clamar por la justicia. Puede, empero, preguntarse: ¿Más odio aún? ¿Más aún en una sociedad saturada de mensajes venenosos, de recalcitrantes sectarismos, de victimismos furibundos e imposibles, de devolución de golpes por aquellos a quienes la vida nunca ha golpeado, de manos manchadas de sangre que brindan sin manchar las copas, de justicieros salvapatrias con coleta, que sí saben su doctrina, ávidos de echar mano a la mordaza —y a la pistola—? Obviamente no es ése. Obviamente no es ése el odio ni ésa la ira ni ésa la cólera, sino la que despierta al fin de tanta mansedumbre, de tanta ovinidad, de tanta consideración mal entendida. Y obviamente no es tampoco la que se echa en brazos del primer demagogo sin escrúpulos que promete el súbito cielo en la tierra. La indignación ha de ser contra todo, para que todo dé un vuelco. Ya no existen atajos. Ya el mal ha llegado demasiado lejos. Sólo un esfuerzo de titanes, unida a la suerte de Lázaro, podría salvarnos. Es ésta una nación empozoñada, enferma, decadente, parasitada por una oligarquía corrupta, inerme en lo intelectual y exangüe en lo moral. No se lo perdono. A ninguno de ellos. Les conocemos nombres y apellidos. No se lo perdonemos porque es inmoral perdonárselo: a los que lo hicieron y a los que dejaron hacer. No se nos olvide ni un sólo día de lo que nos quede de vida. A España la han matado. A España nos han matado. O casi. Pero de quedar algún atisbo de esperanza, no bastará el amor si no es junto a la más viva de las indignaciones para mantenernos aún despiertos. Sólo la cólera y el pundonor —y, pese a tanta rabia, una mente fría como el hielo— puede mantenernos vivos en la esperanza. Como el que ha recibido un golpe tremendo en la cabeza, nuestro sueño es la muerte. Empero, viendo y oyendo y leyendo a tantos melanomíticos neuronalmente inanes, a tantos sediciosos sectarios cuya vida está hecha de la sustancia de la mentira, a tantos hipócritas, a tantos cobardes, a tantos ceporros piji-prisaicos, y, para acabar con el cuadro, a tanto, a tantísimo listillo, ¿de verdad quiero que resucite?, ¿de verdad merecen que resucite?

viernes, 10 de octubre de 2014

Esto es prosa

«Volviendo de Alemania potente hacia España, lugar de pasiones omnímodas, he hecho el alto acostumbrado en Francia, la bien labrada. Y de Francia en París, un nudo de luz.  Y he tenido un momento de lealtad conmigo mismo, y me he preguntado: ¿qué iría yo a ver en medio de esta pródiga luminosidad? París es todo luz. ¿No es esto fatal? Porque yo quisiera ver algo, llevarme al hondón de España una poderosa intuición. Pero no habiendo sino luz en París, no hay nada que ver.

Yo camino, hace años, Europa, como en tiempos remotos mi antepasado Ibn Batuta, que salió de Andalucía con su bastón de viandante y fue por el mundo en busca de los santos de la tierra. Pero un malhadado destino me ha hecho nacer en sazón que Europa se halla horra de santos y llevo a la rastra por las rúas y las calzadas mi bisaco henchido de capacidad de adoración que no he conseguido gastar. En París tampoco hay santos, pour le moment. Al atravesar en un "taxi-auto" la gran ciudad, me ha parecido que atravesaba la mediocridad áurea de que hablaba Horacio.

París se ha convertido en una leyenda desteñida: bajo ella —¿quién lo duda?— prepara la sangre francesa nuevos fermentos, cuyas emanaciones volverán un día a operar sobre la costra del globo. Pero, entretanto, nosotros necesitamos afirmaciones ascendentes.

Y algo así he ido a encontrar —¿quién lo diría?— en casa de un español que habita en París seis meses del año. Este español es Zuloaga.»

José Ortega y Gasset,
principio del artículo «Una visita a Zuloaga»,
publicado en La prensa de Buenos Aires el 4 de febrero de 1912

miércoles, 8 de octubre de 2014

Todo es mentira

A ver, que esto es más antiguo que la tos: si todo es mentira, también es mentira que todo es mentira, y mentira que sea mentira el que todo sea mentira, y así hasta el infinito. Dicho de otro modo, es una frase autocontradictoria y que se autodestruye. A veces conviene también leer a Aristóteles (Metafísica IV, 8, 1012b, por ejemplo) y no sólo a Platón (que, por supuesto, tampoco dijo nunca semejante memez) para no decir chorradas y además repetirlas continuamente.

lunes, 6 de octubre de 2014

viernes, 3 de octubre de 2014

Los pro-muerte

Llamar a las cosas por su nombre es una nota de elemental decencia: para con uno mismo y para con los demás; con respecto a éstos constituye al menos una mínima cortesía. La veracidad es la salud del lenguaje. Quienes no la practican, quienes tergiversan, quienes retuercen torticeramente, incurren en un atentado no sólo de lesa lógica.

Leo en el blog de un ahora prestigiosillo cantomatinal una entrada en la que se refiere a «los mal llamados pro-vida». No hace falta explicar de qué va el caso. Vamos a ver, caballerete, si Vd. está de acuerdo con que a un nonato que sonríe, duerme, da pataditas, tiene uñas, se chupa el dedo y tiene sus extremidades y órganos ya formados, se le clave una aguja en el corazón para inyectarle una solución mortal, y con que, una vez muerto (después de una experiencia no precisamente agradable, pues la criatura, por supuesto, ya siente), se le trocee con una sierra como a un pollo para poder sacarlo en cómodos trocitos, ¿espera que sea a Vd. a quien llamen pro-vida? ¿Es que hemos perdido ya toda humanidad, toda sensatez, todo juicio, todo contacto moral con la realidad?

Evidentemente. Y ya es imposible pedir a estas alturas una elemental decencia, un elemental conocerse (y reconocerse) a sí mismos, a unos aburguesados enfermos de ideología narcisista y sectaria. Sí, aburguesados, en el mismo mal sentido en el que aplican a otros esa misma palabra: acomodados, autosatisfechos, superiores, aborregados, de límpidas conciencias. Séase pro-muerte —mal está— pero séase sincero, y no se nos time con trilerismos semánticos. ¿Es mucho pedirles que imiten a aquel descerebrado o desquiciado o simple amante de la sangre, que gritaba aquel horrendo «¡Viva la muerte!»? Al menos él no engañaba a nadie. Pero sí, definitivamente, es mucho pedirles valor y coherencia a quienes son tan miserables como para defender un crimen tan horrible contra una criatura absolutamente indefensa e inocente.

Y no me vengan con la sobada milonga estilo la muerte es vida y la vida es muerte; no me vengan con que eliminar el «problema» es vida para una mujer sometida a la tremenda, intolerable, inaudita desgracia de tener que responsabilizarse de un hijo, cuando ella misma puso los medios para tenerlo; menos aún me vengan con que la libertad de cada uno incluye el arbitrio de matar a los propios engendros, porque toda libertad absoluta, que no respeta al otro, degenera en la pura violencia, en este caso, en la más cobarde y vil especie de violencia. ¡Váyanse al infierno los pro-muerte y su pestilente aparato de moralina infumable!

¡Y que haya que aguantar sus pretendidos aires de superioridad y progresismo! No, los inmorales no nos han igualao, como decía el famoso tango, en el siglo XXI nos ha superao.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Tò kalón

¿Y qué es por fin la belleza? Al igual que el ser o el bien, es una de esas cosas que todos conocemos, que todos inmediatamente reconocemos, que todos incluso perseguimos, pero cuya definición satisfactoria parece poco menos que inasequible. Pero ¿es que es una cosa la belleza? ¿Son las cosas bellas la belleza, o bien la belleza es trascendente y proviene de un más allá ignoto? ¿O proviene de nosotros mismos? La belleza se nos escurre entre los dedos, aun así todos la seguimos persiguiendo, hasta con desesperación algunos; muchos seres humanos han gastado su vida en esa búsqueda. La puso Dios en el mundo para ser robada, nos recordó Ortega: la intenta robar el artista, la intenta disfrutar —robar a su modo— el que goza la obra de arte. Pero otras veces (las más afortunadas) es la belleza la que nos roba y arrebata hacia una de las mayores experiencias de la vida. Por otro lado, la belleza no está sólo —ni siquiera primero— en el arte... está en la naturaleza. ¿Está también en el alma? Y, después de todo, ¿para qué queremos la belleza? ¿La amamos tanto como se dice? ¿Merece tanto la pena? ¿Es usable como un sofá o un automóvil? ¿Se disfruta como un helado de fresa? El arte produce belleza, ¿la produce igual que se producen alcachofas o tijeras o detergente? Todo arte carece de utilidad, sentenció Wilde. ¿Preferiríamos una batidora a la Venus de Milo? La belleza, como el bien, parece estar en todas partes y en ninguna, incluso en las batidoras. Y, al igual que el bien, la buscamos aun sin darnos cuenta. ¿Qué valor tendría el mundo sin ella?