miércoles, 19 de marzo de 2014

Menos la luna y yo

Así, con este título vaga e involuntariamente lorquiano, se publicó hace poco el sorprendente, exultante, tierno, atípico, hondo, amoroso, delicado poemario último de Jesús Cotta Lobato. No sé si es más el libro entusiástico de un hombre feliz, o el libro feliz de un hombre entusiástico:

       LO QUE QUIERO

                      Yo lo que quiero es irme al campo, donde
       la lluvia huele aún a Adán y Eva,
       y remedar el trino de los pájaros
       y bregar con las lluvias y el espino,
       y en un horno de leña hacer el pan
       y al amor de la lumbre leer a Homero
       mientras la hierba crece por la noche;
       gozar a mi mujer en una cama
       de un roble tan robusto como un toro
       para engendrar princesas de altas piernas
       y príncipes de noble corazón
       que sepan dominar a los halcones.

Y es que en estos tiempos de atosigante, cansina apolineidad de cartón, los versos de Jesús son una ráfaga fresquísima, vivificante, un vendaval a veces, de energía dionisíaca. He aquí otra muestra indudable:

       LETANÍA DEL CORREDOR

                      Corre porque te dieron piernas para que corras,
       caballo galopado por la gracia de un niño,
       el cometa sin nombre que anuncia un nacimiento,
       corredor que a los griegos anuncia la victoria.
                      Corre contra la muerte remontando los ríos,
       sé la primera luz en llegar a la Tierra,
       tatuados en el pecho siete versos de Píndaro,
       arriba las estrellas y debajo las flores.
                      Corre contra los vientos, a favor de los árboles,
       entre los altos pechos de Ginebra en la hierba.
       Las violetas recojan tu sudor en sus cálices
       y con musgo y jilgueros te refresque la fuente.
                      Te hicieron para el salto, para el sol en la espalda.
       Tus gemelos nacieron para agotar gacelas.
       Vé a raptar a la novia, detén el meteorito,
       azota el negro potro que en las venas escondes.
                      Antílope de pórfido, semental de los príncipes,
       arcangélica flecha contra un pecho de escamas,
       pectorales mojados de rocío y de ninfas,
       femorales armados de cañones de sangre.
                      Porque eres un centauro con harenes de yeguas,
       porque eres el acero acolchado del hoplita,
       y en el atrio te aguardan con sus besos tus hijas.
       Dios te brille en los bíceps al alzarlas en brazos.

Más allá de referencias reconocibles y cercanas, a mí me recuerda inevitablemente a Lorca; pero no a un Lorca tópico y epidérmico, pues la analogía con el autor del Libro de poemas no es superficial sino sutil y profunda: es esa exuberancia (ya he dicho) dionisíaca y feliz, esa inconsciencia sabia, ese infantil candor inmarcesible, ese jugueteo angélico. También aquí, como en Lorca, el amor, el Amor  mejor así  lo llena todo; un amor por todo lo creado, una ternura por todo lo que vive y siente, o meramente vive, o meramente está. En ese Amor y por supuesto no deja de tener un lugar, sino muy preeminente, Eros:

       AMOR FLUVIAL

                      Tú eres el río que me ató con algas
       y me pobló de hierba y caracoles.
       Me cubres con tus pájaros raptores
       y fluyes, agua fresca, por mi espalda.
                      Bancos de peces, crestas rojigualdas,
       preceden tu llegada cada noche.
       Y convertido en músculos y soles
       me raptas hasta el fondo de tus aguas.
                      ¿De qué venero brota amor tan largo?
       ¿Qué roce de tu mano me ha investido
       de robles y de crines de centauro?
                      Tus rápidos me arrastran dirigidos
       por un ciclón de ejércitos fluviales,
       porque eres caudaloso y a raudales.

Pero Eros no excluye aquí, sino que antes bien descansa en, el amor familiar, hemisferio otro de su misma esfera. ¿Podría un padre dirigirse con más dulzura, con más honda y sencilla emoción a una hija?:

       NO TE OLVIDES LAS ESTRELLAS

              Alejandra de las nieves,
       de milflores y cometas,
       la del corazón en flor
       y manos en las estrellas,
       que nos naciste con alas
       de peregrina en la tierra;
       cuando la pena emborrone
       tus colores de acuarela,
       olvídalo todo, pero
       no te olvides las estrellas,
       Alejandra de mis ojos,
       que eres más alta que ellas,
       aunque parezcan tan grandes,
       aunque seas tan pequeña.

Pero que no haya equívocos: aquí el Amor no es un vacuo y bobalicón ejercicio de buenismo panteísta... El fondo trágico está, si bien más oculto que en el poeta granadino, o más superado, más dejado atrás: apuntando siempre a lo trascendente salvífico. Valga este ejemplo, seguramente ya celebrado por muchos:

       LA GOLONDRINA

                      Loco de amor perdido estaba Dios
       cuando se le ocurrió la golondrina.
                      Cómo tembló cuando la echó a volar.
       Y cómo vuela desde entonces. Mírala.
                      Mira la gracia remontar el vuelo,
       lanzarse al sol, pastorear la brisa,
       rasgar el vendaval con alas negras,
       el pecho rojo de quitar espinas.
                      Audacia favorita de los vientos,
       acrobacia nocturna en pleno día,
       golondrina de Dios, yo te celebro,
       porque eres la cometa de mi vida,
       llevaste al cielo el alma de mi padre,
       y un día llevarás también la mía.

Versos como éstos seguirán frescos cuando cientos de años hayan rodado sobre ellos. Seguirán pareciendo, pese a la energía, al vértigo a veces, que los anima, como recién escritos en una mañana serena y transparente, y es que sólo en la complementareidad, en la alianza alternativa de lo dionisíaco con lo apolíneo, como bien entendieron los griegos, llega a su plenitud el auténtico arte, que es la auténtica vida. De este modo, el libro de Jesús Cotta transita por diversos tonos, incluidos poemas meditativos e irónicos como este soneto, que según creo firmaría gustosísimo el sereno Borges:

       ADIVINANZA

                      Aunque vive en común como la abeja,
       busca la soledad como la araña.
       Su inteligencia entraña la patraña
       de que no es un mamífero y se queja
                      de ver venir su muerte. No se deja
       domesticar sino por vicios. Daña
       las fuentes que lo sacian y se engaña
       creyendo que con tino las maneja.
                      Los ángeles yacieron en el suelo
       un día con las bestias más risibles
       y así nació esta especie vana y rara.
                      Pero es la única que mira al cielo,
       da nombre a lo visible y lo invisible
       y puede aparearse cara a cara.

Lleno de maravillas como está, plagado de sorpresas, hay todavía mucho más en este libro singular de Jesús Cotta Lobato. Baste, no obstante, como muestra esta pequeña selección, y como reclamo (espero) para nuevos y de seguro agradecidos lectores: hay muchos versos que aún acechan, plenos de asombro, entre sus páginas.

Mi agradecimiento más profundo al autor por el presente de su poesía.

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