miércoles, 6 de noviembre de 2013

La Edad de Oro

THE GOLDEN AGE

A while ago I was in the train, and getting near Sligo. The last time I had been there something was troubling me, and I had longed for a message for those beings or bodiless moods, or whatever they be, who inhabit the world of spirits. The message came, for one night I saw with blinding distinctness, as I lay between sleeping and waking, a black animal, half weasel, half dog, moving along the top of a stone wall, and presently the black animal vanished, and from the other side came a white weasel-like dog, his pink flesh shining through his white hair and all in a blaze of light; and I remembered a peasant belief about two faery dogs who go about representing day and night, good and evil, and was conforted by the excellent omen. But now I longed for a message of another kind, and chance, if chance there is, brought it, for a man got into the carriage and began to play on a fiddle made apparently of an old blacking-box, and though I am quite unmusical the sounds filled me with the strangest emotions. I seemed to hear a voice of lamentation out of the Golden Age. It told me that we are imperfect, incomplete, and no more like a beautiful woven web, but like a bundle of cords knotted together and flung into a corner. It said that the world was once all perfect and kindly, and that still the kindly and perfect world existed, but buried like a mass of roses under many spadefuls or earth. The faeries and the most innocent of the spirits dwelt within it, and lamented over our fallen world in the lamentation of the wind-tossed reeds, in the song of the birds, in the moan of the waves, and in the sweet cry of the fiddle. It said that with us the beautiful are not clever and the clever are not beautiful, and that the best of our moments are marred by a little vulgarity, or by a needle-prick out of sad recollection, and that the fiddle must ever lament about it all. It said that if only they who live in the Golden Age could die we might be happy, for the sad voices would be still; but they must sing and we must weep until the eternal gates swing open.


LA EDAD DE ORO

Hace un tiempo iba yo en tren, y acercándome a Sligo. La última vez que había estado allí algo me había estado preocupando, y había anhelado un mensaje de aquellos seres o estados de ánimo incorpóreos, o lo que quiera que sean, que habitan el mundo de los espíritus. El mensaje llegó, pues una noche vi con claridad cegadora, mientras yacía entre dormido y despierto, un animal negro, medio comadreja, medio perro, moviéndose por lo alto de una pared de piedra, y al poco el negro animal se esfumó, y desde el otro lado vino un perro blanco parecido a una comadreja, su carne rosada brillando a través del blanco pelo, y todo en una llamarada de luz; y recordé una creencia campesina acerca de dos perros encantados que van por ahí representando el día y la noche, el bien y el mal, y me sentí confortado por tan excelente presagio. Pero ahora anhelaba un mensaje de otra especie, y la casualidad, si la casualidad existe, lo trajo, pues un hombre entró en el vagón y empezó a tocar un violín hecho al parecer con una vieja caja de betún, y aunque soy bastante amúsico, los sonidos me llenaron de las más extrañas emociones. Me pareció oír una voz de lamento procedente de la Edad de Oro. Ella me dijo que somos imperfectos, incompletos, y que ya no somos como una hermosa tela tejida, sino como un manojo de cuerdas anudadas juntas y arrojadas a un rincón. Dijo que el mundo todo fue una vez perfecto y benigno, y que todavía el mundo benigno y perfecto existía, pero sepultado como un montón de rosas bajo muchas paladas de tierra. Las hadas y los más inocentes de los espíritus habitaban en él, y se lamentaban de nuestro caído mundo en el lamento de las cañas agitadas por el viento, en el canto de los pájaros, en el gemido de las olas, y en el dulce llanto del violín. Dijo que entre nosotros los hermosos no son inteligentes y los inteligentes no son hermosos, y que nuestros mejores momentos los estropea un poco de vulgaridad, o el alfilerazo de un triste recuerdo, y que el violín debe siempre lamentarse de todo ello. Dijo que sólo con que los que viven en la Edad de Oro pudieran morir, podríamos ser felices, pues las voces tristes callarían; pero ellas deben cantar y nosotros llorar hasta que las puertas eternas giren y se abran.

William Butler Yeats, The Celtic Twilight, 1893

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