lunes, 4 de noviembre de 2013

ES LA LEY

ES LA LEY manifiestan sesudos comentaristas. ES LA LEY, dicen: así, todo con mayúsculas, lo he visto escrito por cierto meapilas (apelativo que él suele endilgar a otros) que se pone estupendo con lo del Estado de Derecho, sin tener ni repajolera de lo que eso es, a tenor de lo que comenta. ES LA LEY dicen, manifestando su hondo pesar por que pongan en la bendita calle (ipso facto y sin dilación alguna, no como en otros casos menos graves) a asesinos que no deberían salir jamás de la trena, pero que engrosarán gradualmente el número de liberados en una amnistía encubierta y vergonzosa, fruto de una negociación con muertos sobre la mesa. ES LA LEY, y el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo dixit. Ahora bien, dejada a un lado la cuestión de que la sentencia no es vinculante, dejada a un lado la cuestión de que es jurídicamente discutible, dejada también la no menos importante cuestión de que España es (y debería portarse como tal) un Estado soberano con sus tribunales propios, dejando a un lado todo eso, nótese cómo estos exquisitos acatadores de sentencias no exclamaban su ES LA LEY cuando la reciente campaña contra los desahucios o cuando algunos políticos y sus familias (i.e. personas también con derechos, como los terroristas) eran acosados con métodos tipo kale borroka o directamente filonazis. TAMBIÉN ERA LA LEY, y también era (o se supone) un Estado de Derecho. Sin embargo, obviamente, no era lo mismo, y su amplia visión del Derecho les permite concebir un imperio de la ley intermitente que está, desaparece y luego vuelve a estar, según convenga a las estrategias para recuperar el poder y a las tácticas del momento. El caso es que a gran parte de los ahora bruscamente preocupados por los desahucios (concretamente desde que un partido de los de su bando perdiera el poder) se les da una higa los desahuciados, sectariamente odian a los desahuciadores siempre que no sean de los suyos y aplauden con sordina que los que han manchado sus manos de sangre gocen de libertad y se regodeen en sus crímenes, porque en el fondo tienen mucho en común con ellos, cuando no casi todo. Ejercicio gigantesco de hipocresía el practicado estos días en la pobre España: por un lado, la de los que se alegran en secreto de la suelta infumable, que legitima el asesinato como forma de hacer política; por otro, la de los que efectivamente les dan larga a los asesinos, fingiendo fementidamente una inevitabilidad que no existe.

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