jueves, 24 de octubre de 2013

Un soneto de Evaristo Carriego

Hace ahora 25 años que lo leí en la obra de Borges que lleva su nombre, Evaristo Carriego. Es uno de los poemas que más hondo me han llegado nunca: es claro, es modesto, es sencillo como la sobremesa que evoca, pero es también, y asombrosamente, perfecto. Tiene ese dejo parsimonioso de la gente de antaño. Toda una inveterada filosofía se encierra en él, pero no es un alegato abstracto: un hombre cabal y sufrido está ahí de cuerpo entero, sin alharacas ni estridencias, y nos comunica una vida. Como atinadamente comenta Borges, carga destino:

DE SOBREMESA

Anoche, terminada ya la cena
y mientras saboreaba el café amargo,
me puse a meditar un rato largo:
el alma como nunca de serena.

Bien lo sé que la copa no está llena
de todo lo mejor, y sin embargo,
por pereza quizás, ni un solo cargo
le hago a la suerte, que no ha sido buena...

Pero como por una virtud rara
no le muestro a la vida mala cara
ni en las horas que son más fastidiosas,

nunca nadie podrá tener derecho
a exigirme una mueca. ¡Tantas cosas
se pueden ocultar bien en el pecho!

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