jueves, 11 de abril de 2013

Sueño del caballero

Del cuadro homónimo de Antonio de Pereda

Gentil doncel que al sueño adolescente
te rindes inocente
ricamente ataviado y elegante,
tu abigarrado ensueño
la cifra de tu empeño
ambicioso te pone por delante,
y tu mesa atiborra
de tentadoras glorias terrenales
que mienten bienes y administran males,
que el Tiempo, impío, en breve tiempo borra;
mientras, un ángel providente vela
sosteniendo una esquela
cuya leyenda advierte
que al cabo todo es pasto de la muerte,
verdad desatendida
por más que de continuo repetida.
Bien lo anuncia la flecha
presta: que toda cosa va derecha
a su meta fatal, inevitable;
toda cosa es instable
y atropellada muda y cae deshecha
en su invencible fecha
fijada, inaplazable.
«Eternamente hiere,
rápida vuela y mata»,
mas el hombre prefiere
aquello que lo inquieta y lo maltrata.
Soplo dentro de un soplo,
el muro de soberbia altanería
el tiempo desmorona con su escoplo
que inadvertido roe noche y día:
no ya de Jericó potente trompa,
sino un tierno vagido
se basta a hacer que rompa,
y ni recuerdo deja de que ha sido.

Pero jamás se agota el espejismo
que mal disfraza el insaciable abismo,
y un insolente orgullo
ciego presume que lo ajeno es suyo.
Así, se te presentan
vanidades sin fin, pompas del yerro
incansable y humano
que la codicia tientan
del necio y del ufano:
las glorias militares
con su estruendo de pólvora y de hierro
(fatigas de la nada en ejercicio);
la flor de los azares
con sus triunfos fugaces y mentidos;
el placentero oficio
de amador, que promete a los sentidos
sin término delicias
que, tras de sus primicias,
su miel en hiel convierten presurosa
(la acelerada rosa,
gala de los abriles,
más durará lozana en sus pensiles);
alhajas de oro y lúcido diamante
y dineros sin cuento
(polvo que arrolla el viento
los hará la fortuna más constante);
libros gastados por atentos dedos,
desvelos de eruditos escritores,
fatiga de lectores,
afán de autoridades,
que, polvorientos, manifiestan quedos
docta ocasión de espesas nulidades;
las altas majestades
de púrpura y corona,
y los báculos sacros, pontificios,
que la ancha Muerte, no, jamás perdona
ni rendirán, de cierto, beneficios:
que ni coronas reales
ni aun tïaras papales
(así lo dicta inexorable hado)
mudan la condición a los mortales.

Todo se te presenta amontonado,
sin orden ni concierto,
que orden no cabe en lo que ya está muerto;
y todo lo gobierna
la manecilla eterna
(por leve y por constante)
del Tiempo que incesante-
mente nos ratifica sus presagios:
brújula de naufragios,
aguja de la ruina
por la que todo a tierra al fin se inclina.
¿La calavera monda
no basta a que tus dudas te responda?,
que, aunque no tiene lengua,
dice bien claro cómo el mundo mengua:
no te embauque su máscara,
que es vana nuez, podrida tras la cáscara.
Despierta, caballero,
despierta a la verdad, y que tu alma,
en no turbada calma,
goce del bien secreto y verdadero;
que el engañoso mundo
no te arrastre consigo a lo profundo.
El celestial amor, goce divino,
te guíe desde ahora en tu camino.
¿No ves la podredumbre
que el vulgo adora por tenaz costumbre?
Despierta y rectifica,
que tu ensueño a las claras te lo explica:
que nada tiene dueño,
que el mundo todo es sueño
(y todo sueño, vano)
e inacabable imperio del gusano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario