sábado, 20 de abril de 2013

El santo patrón de los anglómanos

Si ningún gremio carece de su santo patrón, si los dentistas tienen a Santa Apolonia, los informáticos a Santa Tecla y los electricistas a la Virgen de la Candelaria, ¿por qué no los anglómanos, siendo hoy en día un colectivo quizá no tan devoto pero sí muchísimo más numeroso que los antes mencionados, y mucho más influyente, sobre todo en España, tierra acomplejada y autocainita donde las haya? Tal patrón no debe ser otro que el insigne escritor argentino Jorge Luis Borges, quien, pese a no haber sido (aún) elevado a los altares por eso del pequeño inconveniente de haber sido más bien agnóstico y escéptico, tiene a su favor: 1) una tempranísima militancia activa en el campo de la anglomanía en una época en la que el inglés aún no estaba tan de moda, 2) el envidiable plus de garantía de poseer un cuarterón de no contaminada sangre inglesa procedente de su abuela paterna, 3) una abundante literatura hagiográfica dedicada por sus devotos (razón de más para sospechar su santidad), y 4) por encima de todo, el mérito de haber inoculado esa bendita manía a generaciones de lectores fascinados por su geniales relatos, sus ensayos y sus poemas. ¿De dónde, si no, habrían salido tantos escritores y similares, en España o en América, embelesados con los pasables sonetos del tísico Keats, ensayando en secreto los supuestos ademanes del gentleman o tratando sin éxito de pronunciar sin tropezarse «William Wordsworth»? ¿Qué habría sido de sus vidas sin saber quién era William Morris? ¿Qué sin haber conocido al supremo oráculo omnisciente T. S. Eliot?

Es verdad que en sus escritos y declaraciones la anglomanía de Borges no pasa de candorosas provocaciones contra el estrecho casticismo que él advertía en su época. Es verdad que amó el español y que lo cultivó como casi nadie. Sin embargo, su preferencia asfixiante, ya supersticiosa, por la literatura y la cultura anglas lo convierten en el hombre adecuado. También esta denuncia explícita y pormenorizada de la incurable inferioridad de nuestro idioma: «El hecho es que el idioma español adolece de varias imperfecciones (monótono predominio de las vocales, excesivo relieve de las palabras, ineptitud para formar palabras compuestas), pero no de la imperfección que sus torpes vindicadores le achacan: la dificultad. El español es facilísimo.» El que Borges prefiera, por el contrario, el monótono predominio de las consonantes propio del inglés, la falta de relieve y casi indiscernibilidad de sus palabras (been, being, bean, beam, bin) y el gran avance y tremenda superioridad que supone decir, por ejemplo, lamppost («poste-lámpara) en lugar de «farola», lo sitúan como sempiterno referente de todo anglómano. ¿Que, análogamente al español, el latín, y no digamos el griego, poseen una sonoridad estruendosa y grosera comparada con los escupientes susurros de la sagrada lengua de Shakespeare? Se siente, pero es lo que hay.

Propongo, por consiguiente, la inmediata proclamación de Jorge Luis Borges como santo patrono y guía espiritual de anglómanos. Verán éstos reflejadas en él las virtudes de las que la mayoría de ellos carecen: un auténtico dominio del idioma inglés, y aun del español.

2 comentarios:

  1. Después de tan sesuda argumentación, Antonio, no te voy a discutir la propuesta, pero me gustaría que se incluyera en la pugna a mi anglófilo personal, un tipo con menos proyección que Borges y por supuesto menos carismático, aunque igualmente válido en cuanto a la difusión de textos ingleses: José María Valverde. ¿Tú que dices? ¿Le damos un accésit en el santo ranking?

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Se admite la propuesta, claro está. No obstante conviene precisar la diferencia entre «anglómano» y «anglófilo», desde un sano (creo yo) punto de vista, me considero esto último; lo otro es una patología social, como ya definí en su día en este blog.

      He de confesar que no he leído salvo algo suelto de José María Valverde, y que no me entusiasmó precisamente, por eso no seguí; aunque puede que reincida: ¡igual lo veo de otra manera! Lo conozco mejor como verboso traductor de Martin Heidegger, a cuento de cierto trabajo de posgrado. ¡Con decirte que el original alemán se entendía mucho mejor que la traducción a nuestro idioma!

      Un abrazo.

      Eliminar