miércoles, 6 de marzo de 2013

Otro poema afortunado

Ya su nombre lo dice: Dulce. Y al tiempo titánica. Gigantesca voz y gigantesca dulzura. Tan grande, tan poderoso es su torrente, que tiene que achicarse para caber en las frases: tanto excede en sentimiento, como el océano a un lago, y es toda corazón y verdad y belleza. ¿Cómo oírla con indiferencia? ¿Cómo traducir lo que no puede contarse de otro modo? Sólo podemos indicar lo inefable. Nunca habría imaginado Pessoa, el autor de estos versos proféticos que dedicó a Enrique el Navegante, que podrían un día encaramarse de este modo, en alas de esta música, hasta lo sublime.


O INFANTE

Deus quer, o homem sonha, a obra nasce.
Deus quiz que a terra fosse toda uma,
que o mar unisse, já nâo separasse.
Sagrou-te, e foste desvendando a espuma,

e a orla branca foi de ilha em continente,
clareou, correndo, até ao fin do mundo,
e viu-se a terra inteira, de repente,
surgir redonda do azul profundo.

Quem te sagrou criou-te português.
Do mar e nós em ti nos deu sinal.
Cumpriu-se o Mar, e o Império se desfez.
Senhor, falta cumprir-se Portugal!

Fernando Pessoa, Mensagem

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