jueves, 28 de febrero de 2013

Celebridad

Muy triste el caso del que muere sin haber disfrutado de toda la fama que exigían sus deméritos.

miércoles, 27 de febrero de 2013

J.J.

Tienes razón: el español no es bello,
carece de esplendor y de eufonía.
Quien lo dude, que lea tus poemas.

martes, 26 de febrero de 2013

domingo, 24 de febrero de 2013

Una cita digna de Don Ramón

«A los geólogos nunca les faltan pisapapeles.»
 
Bill Bryson, Una breve historia de casi todo,
RBA, pág. 242

viernes, 22 de febrero de 2013

Abandono

––Después de veinte años de matrimonio y cuatro hijos, la abandona por otra treinta años más joven.
––Debe de ser una mujer extraordinaria cuando la dejan así.


jueves, 21 de febrero de 2013

Carpe diem

No necesita presentación el celebérrimo tópico contenido en esta breve oda de Quinto Horacio Flaco: todo un programa de vida, toda una moral que trasciende lo exclusivo de la escuela epicúrea. De lo mucho que podría comentarse, sólo algunos detalles. Lo primero es que he preferido traducir literalmente el verbo carpere, «cosechar», aunque con ello se fuerce el significado de este verbo en español: traducirlo por «disfrutar» connota tal vez una liviandad que es superior a la que sugiere el texto latino. Los «babilonios números» hacen referencia a los cálculos astrológicos por los que los caldeos eran especialmente famosos. Añadiré por último que la traducción en verso no pretende reproducir los coriambos del original, sino que se expresa en cómodos pentadecasílabos, verso que proporciona una amplitud similar a la del asclepiadeo mayor.
 
 
Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. ut melius, quidquid erit pati!
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nec oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum, sapias, uina liques, et spatio breui
spem longam reseces. dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.
 
Hor. Carmina, I, 11
 
 
No inquieras, Leucónoe, nefasto es saberlo, a qué fin
a ti o a mí los dioses nos entreguen, ni te enfrasques
en babilonios números. ¡Suframos lo que venga!
Ya inviernos muchos Júpiter te otorgue, ya éste sólo,
que ahora hiere contra las rocas al mar Tirreno,
sé sabia, cuela el vino, en breve espacio acorta larga
esperanza. Envidiosa, en tanto hablamos, se habrá huido
la edad: cosecha el día, créete poco que haya otro.
 
Hor. Odas, I, 11


martes, 19 de febrero de 2013

El viejo anuncio

Lustros después, vuelven a trabajar como entonces, de fondo, las polonesas de Chopin, victoriosamente, a golpes de armonía y corazón. Ya casi es primavera. Cuando dos genios se unen, no puede tener ésta mejor heraldo.

lunes, 18 de febrero de 2013

domingo, 17 de febrero de 2013

Elitismos de pacotilla

Toda la vida escolar, preuniversitaria, universitaria y de posgrado mirando por encima del hombro con displicente suficiencia y mal oculta sorna a iletrados, fracasados en sus carreras, gentes de baja condición, jugadores de Trivial ridículamente ganables y perdedores de la vida en general, para acabar crasamente enchufado en el Ministerio de Defensa gracias a un papá de alta graduación militar. En el fondo no es mala persona, ni tampoco en la forma; pero ¿es ésta la listeza superior?, ¿ésta la aristocrática distinción? ¡Bazofia de élite!

viernes, 15 de febrero de 2013

jueves, 14 de febrero de 2013

Anticanon - Rafael Cansinos-Asséns

Hay quienes no están y deberían estar. Hay quienes están donde no deberían. Hay quienes ni deberían estar. Rafael Cansinos-Asséns es de los segundos, demasiado a menudo de los primeros. Sevillano de 1883 finado en Madrid en 1964, prosista magistral, poeta, narrador, ensayista, traductor cuasi omníglota del griego, del francés, del alemán, del ruso, del persa, del hebreo, autor de una famosa versión de las Mil y una noches, entusiasta del modernismo primero, impulsor del ultraísmo después, converso al judaísmo, no lo ha tratado bien el canon vigente, aun cuando su obra El candelabro de los siete brazos es sin duda uno de los primerísimos volúmenes en prosa poética del siglo XX, sólo superado, a mi juicio, por el Platero juanramoniano. Como con otros de sus hijos, también su tierra ha sido con él excesivamente cicatera. Sus obras completas no están publicadas, aunque algunos de sus muchos títulos se han venido editando en los últimos años. Borges lo frecuentó un tiempo y lo consideró su maestro en la convicción de que era genial; al despedirse para retornar a su patria, el escritor argentino recuerda haber sentido que se despedía de todas las bibliotecas de Europa y del saber acumulado en ellas.

De la citada obra El candelabro de los siete brazos, publicada en 1914, reproduzco tres fragmentos, que sólo pueden dar una ligera muestra de esta obra singularísima, formalmente impecable, difusa y a la vez intensa, atesoradora de misterios, donde la maravilla del símil y la metáfora continuamente acechan. Su estilo es bíblico; su atmósfera, vagamente oriental. Su tema, que la recorre de principio a fin en un insistente continuum, es el del fracaso de la madurez corrompida y contumaz del libertino, que ha perdido para siempre la inocencia, que se debate entre alcoholes y cortesanas, pero que lleva su estigma  de vicio, podredumbre y melancolía con la fortaleza y la abnegación de un asceta. Siendo así, es normal que el ambiente predominante sea el nocturno. Nadie ha cantado a la noche como lo ha hecho Cansinos, especialmente en el capítulo que tituló «El alefato de la noche». Sin embargo, traslado tres fragmentos del capítulo inicial, «Los hombres maduros», que creo más idóneos para una presentación del autor. Como es habitual en el libro, los tres fragmentos se encabezan por letras del alfabeto hebreo, que valen por ordinales; en este caso, los fragmentos quinto, séptimo y decimocuarto.


HE

En medio de las gentes, semejantes a mí, mi espíritu ha sido singular como el cuerno del unicornio; como el acero está en el agua y la piedra está en el fuego, así he pasado entre las gentes.

Sus ojos han mirado los míos, sus manos han tocado mis manos y yo he dejado al polvo mezclarse con el polvo; pero he guardado el oro bajo siete llaves.

Como se cubre un fuego para avivar su llama, así he cubierto mi corazón de indiferencia.

Igual que un extranjero, he caminado por entre mis hermanos, y más desconocido he sido para ellos que si hubiese cubierto mi cara con un antifaz.

Muchos han creído conocerme; pero cuando más cerca me han tenido, mil brumas de ignorancia han cubierto sus ojos.

En medio de las gentes semejantes a mí, he sido singular y extraño como un sueño; y toda semejanza ha sido geometría.

[...]

ZAIN

En aquellos días yo tenía un gran miedo a la muerte: el pálido esqueleto llenaba todo mi pensamiento y estaba siempre junto a mí como un paje familiar.

Su mano descarnada me sirvió los manjares y me escanció los vinos; de pena y de temor, se nutrió así mi adolescencia y fui creciendo con espanto.

El pálido esqueleto fue como un preceptor; sus labios descarnados me enseñaron la sabiduría; toda mi ciencia se formó de terror y de melandolía, y estuve sobre la tierra como sobre un navío.

Como un asiduo servidor me despertaba y me dormía y me acompañaba a todas partes; con su espantosa boca declamaba los nombres de todas las cosas que llegaban a mi corazón.

Él era omnipotente y mi alegría no podía nada contra él; y como una cautiva bajo el velo, concebí un sordo rencor contra el enojoso.

Mas ¿cómo ha podido ser esto? El esqueleto y yo somos hoy los mejores amigos.; y por la nada y el olvido hemos hecho una eterna alianza.

[...]

NUN

Algún día esta taciturna figura que un momento ha turbado el resplandor del sol, se disipará y cada cosa será restituida a su origen y como se separan los brazos de dos amantes suavemente, se separarán.

Y cada cosa será vuelta al olvido y en el silencio será purificado y como el agua en el agua, como el aire en el viento, así cada cosa se unirá con su igual.

Y la tierra con la tierra estará contenta y se ornará de frutos; y el aire con el aire se regocijará y mecerá los frutos de la tierra.

Y toda memoria reposará en el olvido; y todo deseo dormirá en la ignorancia; y la paz se habrá hecho entre todas las cosas y en el seno de Nuestra Madre Muerte todo se habrá conciliado.

El que ríe y el que llora serán la misma cosa y como las flores que prensa el perfumista, unirán su fragancia; pero hasta entonces, ¡oh, hombres satisfechos! habrá diferencia entre nosotros.


lunes, 11 de febrero de 2013

domingo, 10 de febrero de 2013

Anglos, anglómanos y angloheridos

ANGLOS:
Con el término «anglo» no me refiero al bárbaro pueblo germánico de la Antigüedad, sino a todo lo que forma parte de la cultura anglófona. De este modo, al nombrar a «los anglos», no me refiero sólo a los ingleses o los británicos, sino a todos los que pertenecen al ámbito cultural anglófono (E.E.U.U., Canadá, Australia, etc.). Naturalmente, también puede usarse como adjetivo; así, puede hablarse de la cultura angla o de un determinado carácter o modo de ser anglo. Prefiero usar este término en lugar de «anglosajón», en primer lugar, por ser más exacto y menos equívoco: no se habla desde hace siglos el anglosajón sino el inglés; en segundo lugar, por ser más breve: «anglosajón» es innecesariamente largo. Si para empezar suena algo extraño, no importa: al poco uno se acostumbra.
 
ANGLÓMANOS:
Con el término «anglómano» viene designándose desde hace algún tiempo al individuo que, acomplejado por pertenecer a una cultura que él considera inexorablemente inferior (en muchas ocasiones la española), aspira a pertenecer a la, para él, suprema cultura del planeta o simplemente cultura por antonomasia: la angla. Aún más: de modo más o menos secreto, aspirará a convertirse él mismo en anglo o a que lo tengan por tal. Para ello gustará de adoptar los usos, las modas y especialmente anhelará dominar la lengua de esa cultura, que valorará siempre por encima de la suya; comprará preferentemente los productos que esa cultura publicita y los aplaudirá siguiendo el principio básico que ha asumido: todo lo anglo es superior. Asimismo, dedicará sus esfuerzos, normalmente de modo no retributivo, a la mayor gloria de Inglaterra y/o de la civilización angla ––para él la civilización––, cuyos logros tanto indudables como dudosos contempla invariablemente boquiabierto, cuyos fracasos minimiza, cuya propaganda acepta acríticamente y cuyos atropellos y crímenes niega o justifica como autodefensa, aun en detrimento de los intereses de su propia nación. El anglómano es un individuo singularmente patético y particularmente fanático y simple: en el mundo están los buenos, cultos, industriosos, pacíficos, bienintencionados, tolerantes, democráticos y árbitros de toda elegancia y saber estar; por otro, estamos los secularmente atrasados, ignorantes, intransigentes, corruptos, ceporros, genocidas, dogmáticos y palurdos en general. Se trata sin duda de una creciente patología social, más que de una moda lamentable, cuyas víctimas trabajan gratis y servilmente en beneficio de los que jamás harían lo mismo contra su propia cultura, bien al contrario.

ANGLOHERIDOS:
Haciendo un calco del vocablo «letraherido» (que creo que es de Gil de Biedma), invento el término «angloherido». Todo anglómano es un angloherido, pero no todo angloherido es un anglómano. El angloherido es aquel que, en mayor o menor grado,  siente complejo por pertenecer a una cultura (abundamentemente la española) que él entiende inferior a la angla. En el caso de que el angloherido no sea anglómano, anhelará que su cultura, o particularmente su nación, alcancen los logros que ha alcanzado, o que él considera que ha alcanzado, esa cultura y esas naciones cuyo nivel siempre siente inaccesible en mayor o menor medida. Los angloheridos son legión, pero su modo de sentir la realidad no es de suyo enfermizo como el del anglómano. Aunque en algún grado siempre asumen, mal que les pese, el principio fundamental de todo anglómano (ser inglés es más), pueden tener o al menos pretender una visión ecuánime de la realidad y pueden a menudo juzgar su cultura con un mínimo de garantías de objetividad.

miércoles, 6 de febrero de 2013

martes, 5 de febrero de 2013

Beatus ille

Este poema es una deliciosa versión sui generis ––y, con toda seguridad, involuntaria–– del famoso tópico horaciano. Pertenece al maravilloso y extravagante Estravagario, en el que Ricardo Reyes, alias Pablo Neruda, se aleja casi por completo de la tensión de su poesía marxiana, en la que se hace sentir continuamente la asfixiante, extenuante, titánica y apremiante ideología totalitaria de los grandes tiranos millonariamente asesinos del siglo XX, acompañada de su estruendosa cohorte de propaganda, trompetería y planes quinquenales. Aquí, por contra, la poesía es jocundia y sosiego y clara intimidad. El campo, la cosecha, la fiesta, la casa, el amor, el mar, la luna, el planeta... sencillamente, en estructura anular.
 
 
EL PEREZOSO
 
Continuarán viajando cosas
de metal entre las estrellas,
subirán hombres extenuados,
violentarán la suave luna
y allí fundarán sus farmacias.
 
En este tiempo de uva llena
el vino comienza su vida
entre el mar y las cordilleras.
 
En Chile bailan las cerezas,
cantan las muchachas oscuras
y en las guitarras brilla el agua.
 
El sol toca todas las puertas
y hace milagros con el trigo.
 
El primer vino es rosado,
es dulce como un niño tierno,
el segundo vino es robusto
como la voz de un marinero
y el tercer vino es un topacio,
una amapola y un incendio.
 
Mi casa tiene mar y tierra,
mi mujer tiene grandes ojos
color de avellana silvestre,
cuando viene la noche el mar
se viste de blanco y de verde
y luego la luna en la espuma
sueña como novia marina.
 
No quiero cambiar de planeta.

lunes, 4 de febrero de 2013

Contracita

Where woman is not, nature is barren. 
 
William Blake,
The marriage of Heaven and Hell, «Proverbs of Hell» 

viernes, 1 de febrero de 2013

Anticanon

Pocas cosas menos evitables que la fijación de un canon, ya sea literario, filosófico, musical o de cualquier actividad que en algo se relacione con las Musas. Pocas cosas, a veces, menos empobrecedoras. Normalmente es la zona iluminada de un arte ante el gran (o pequeño) público. Lo más allá de él suele no existir. El canon no necesita ser explícito, ni tan siquiera justificado, aunque de por sí contiene necesariamente una valoración. Lo crean el azar o el consenso, o más bien ambas cosas, y constituye una especie de alianza entre el gusto imperante, la pereza mental y los intereses creados. Cuenta el gran poeta sevillano Manuel Mantero, en el prólogo a la edición de su poesía completa, que Vicente Aleixandre le comunicó una vez que habría sido su deseo «componer una antología de toda la poesía española sin sujeción a la ortodoxia del canon»; por desgracia, nunca llegó a cumplirlo. Bien es cierto que cualquier intento de salirse del canon, cualquier anticanon, constituye a su vez un canon; pero ese salto tendría sus ventajas, al menos en lo tocante a la poesía, si proviene de un verdadero esfuerzo valorativo, por más que, como todos en literatura, estuviese éste aquejado de parcialidad. Rescatar del injusto olvido a tantos excluidos por el reduccionismo imperante, dando a conocer así a figuras casi absolutamente desconocidas, algunas de gran talla, y arrojar con ello una nueva luz más veraz sobre la historia de la literatura española, no serían, ciertamente, escasas ganancias.