domingo, 13 de enero de 2013

El alimento del alma

Afirma Sócrates en el Protágoras de Platón que «el alma se alimenta de enseñanzas». Cabría advertir que el alma también se nutre de músicas, por ejemplo: es decir, de entusiasmos o delirios, además de sensateces y razones. La racionalidad exhaustiva, sin pasión, la insistencia en lo excluyentemente apolíneo es lo que Nietzsche denunciaba como el comienzo de la decadencia, cuyo padre bien pudo ser Sócrates y toda su progenie, pero cuya inevitabilidad está determinada por el destino de Occidente.

Atina Nietzsche de modo indiscutible en su denuncia de la exclusividad de lo apolíneo en Sócrates y en Platón, que conlleva el rechazo de lo dionisíaco. En el Simposio, no sólo vence Sócrates a los que representan la sabiduría trágica y cómica (y además en su propio terreno: en la juerga nocturna impregnada de vino que se celebra en casa del poeta vencedor en el certamen de las Leneas), sino que, de modo muy gráfico, Sócrates es el único que, ya al amanecer, no se encuentra borracho, deja dormidos a todos los que no se habían ido y puede retomar su actividad diurna sin más novedad, después de acudir al santuario de Apolo Liceo y lavarse. Alcibíades nos informa fehacientemente en aquel diálogo de su impasibilidad ante los efluvios de Baco: no importa cuánto beba, jamás se deja perturbar por el vino.

La exclusividad de lo apolíneo es, por cierto, una perversión de lo apolíneo, que precisamente no excluye sino que requiere (como un polo a otro polo) de la embriaguez y el desenfreno, del instinto y el caos. No en vano, en Delfos se rendía culto a Dioniso durante los meses de invierno en que el dios de la lira viajaba hasta la tierra de los hiperbóreos. No obstante esto, también lo apolíneo tiene su propia embriaguez, su particular exceso, su otra ebriedad.

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