viernes, 7 de diciembre de 2012

Atlas

¡Virtud maravillosa de la música! Ocho versos lacónicos aunque magistrales, ocho versillos austeros y sin rima que, como tantos y tantos, bien pudieron pasar desapercibidos en un libro repleto de deslumbrantes canciones, por mor del genio de Franz Schubert y de la voz portentosa, mayestática, de Samuel Ramey, llegan a su plenitud, alcanzan su ser auténtico. Como la semilla de una flor terrible, como un pequeño frasco que concentrase una tempestad, desencadenan por unos segundos las quejas del poderoso Titán, el atormentado reproche a su desmesurada ambición fallida, su gigantesco orgullo sometido por los afortunados Olímpicos, su perfecta desesperación ante la eterna condena de cargar con el inconcebible peso del mundo. Y nadie que haya experimentado la vida puede dejar de compadecerse, de identificarse incluso, con esa figura antiquísima y torturada que aún se muestra viva en nuestros oídos en su arquetípica tragedia, en su dolor sin término.
 
Sólo en la música dice un poema todo lo que tiene que decir. Antes de su escisión, irremediable o irremediada, allá por el Helenismo, lo que llamamos «letra» y «música» eran uno sólo: el canto.
 
Algunos poemas afortunados, como éste de Heine, que a continuación reproduzco y de seguido trato de trasladar, reciben el divino don de superar la cesura que impusieron los tiempos.
 
 
Ich unglücksel'ger Atlas, eine Welt,
Die ganze Welt der Schmerzen, muß ich tragen,
Ich trage Unerträgliches, und brechen
Will mir das Herz im Leibe.
 
Du stolzes Herz! Du hast es ja gewollt!
Du wolltest glücklich sein, unendlich glücklich
Oder unendlich elend, stolzes Herz,
Und jetzo bist du elend.
 
Heinrich Heine, Die Heimkehr, XXIV
 
 
Yo, el desgraciado Atlas, todo un mundo,
un mundo de dolores debo soportar,
lo insoportable yo soporto, y destrozarme
quiere mi corazón dentro del cuerpo.
 
¡Tú, altivo corazón! ¡Tú lo has querido!
Quisiste ser feliz, feliz sin fin
o sin fin miserable, altivo corazón,
así que ahora eres miserable.
 
Heinrich Heine, El retorno al hogar, XXIV

 
[La interpretación de Ramey puede escucharse aquí]



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